miércoles, 14 de octubre de 2015

DESDE LA OTRA ORILLA




Si ya es un momento de dicha indescriptible el ver, cuando despiertas, que alguien muy querido ha estado velando tus sueños, más lo es aún para el velador descubrir cómo, desde los más recónditos parajes vuelve lentamente al mundo real.

Mientras dormía, lo observaba hierático desde esta  orilla. Veía cómo lentamente se iba acercando aún a contracorriente. Ni tan siquiera podía echarle un cabo para hacer menos tortuosa la espera. Simplemente le tocaba esperar y dejar que la naturaleza siguiera su curso.

Las horas previas al despertar fueron horribles. En todo su ser se dan cita sus peores pesadillas, sus más ancestrales miedos, sus fantasmas más olvidados. No sabe a quién recurrir, ni a qué clavo ardiendo agarrarse. Y se refugia en aquellos seres queridos que, sin estar, viven en él. A medida que plomízamente pasa el tiempo, va haciendo balance de su vida y descartando aquello que realmente carece de importancia.  ¿No es lo que siempre hacemos todo? Piensa en ese teatro de las vanidades en el que nos acomodamos y sonríe con sarcasmo. Con fútil banalidad.

En esa eterna espera, en la que el tiempo parece hacerse infinito, un oscuro y lúgubre túnel se extiende ante él, y con atónitos ojos se asoma, mira de soslayo temblando y con suspiros contenidos mantiene desorbitádamente abierto los ojos. Piensa que lo que está pasando no es posible que le esté sucediendo a él. Ahora percibe claramente la realidad, una realidad que nada tiene que ver con la manera con la que hasta ahora se veía a sí mismo y a las cosas que le rodeaban.

La oscura noche poco a poco va dejando paso a los primero rayos de sol y, de pronto, un dulce sonido gutural rompe el velo de silencio que lo envuelve con una simple frase: “Papá estoy bien, no pasa nada”.  Él le coge la mano y con los ojos acuosos, le besa la mano con fruición, como no lo hacía desde hacía mucho, mucho tiempo; desde que era un niño.

Hasta luego

Paco Gil
(@PacoGilBarbate)

¿Qué más podía desear? Un pequeño jardín para pasear y la inmensidad para soñar. Monseñor Myriel
Los miserable. Victor Hugo